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Artículo de Francisco Hervás

en Benemérita al Día

Acabo de llevarme una gran alegría. Mi buen amigo, Teniente Coronel Veterinario, compañero de Promoción de Cuerpos Comunes de la Defensa, acaba de recibir un merecido premio: el Escudo de Oro de la Ciudad de Almería.

Emilio ha sido Presidente del Colegio Veterinario de Almería durante tres legislaturas seguidas, del 2002 al 2020, renunciando a presentarse a una nueva reelección que sin duda hubiera vuelto a ganar, pues es un hombre de una calidad científica y humana excepcional. Es Diplomado en Salud Pública y Seguridad Alimentaria y -lo que a mí más me gusta- ha estado destinado en la Legión, tal vez el único veterinario, al menos que yo conozca.

Pero todo esto son solfas celestes comparado con la calidad de su persona. Emilio siempre fue un enamorado de su trabajo, opinando como Confucio, cuando dijo aquello de “convierte tu afición en tu trabajo y no volverás a trabajar en la vida”, entendiendo el trabajo como un castigo. Por eso, Emilio, cordobés de origen y almeriense de adopción, es un hombre feliz y siempre lo ha sido, pues ha hecho lo que le gustaba. Fruto de ello son los óptimos resultados de su vida, que son consecuencia de su abundante y continuada actividad. Decía Don quijote a Sancho: “sábete sancho, que no es un hombre mas que otro si no hace más que otro”. Pero además es que su actividad ha sido y es siempre razonada, no impulsiva, como buen militar, tal como nos enseñaron en la Academia General de Zaragoza y en la Academia de Sanidad Militar de Madrid. Parece que Santiago Posteguillo, en su libro “Las Legiones Malditas” debía de pensar en él -aún sin hacerlo- cuando escribió aquello de que “las batallas se pueden ganar con el corazón, pero las guerras solo se pueden ganar con la cabeza”. Por eso, al igual que nuestra querida Guardia Civil, Emilio ha ganado la “Guerra del Honor”, tan cuestionada hoy en día por algunos políticos bastante carentes del mismo y que probablemente deberían ir haciendo las maletas, porque el chollo se les acaba.

Emilio decidió centrarse en dos aspectos muy importantes de nuestra vida: nuestros compañeros de existencia no humanos, los animales, y la alimentación, como base fundamental de nuestra existencia. Comenzaremos por esta última.

La nutrición correcta es la base de nuestro pensamiento y, fundamentalmente, de nuestra conducta. Una persona mal alimentada es una persona incapaz de hacer grandes cosas en la vida porque le falta lo principal: una buena salud. Esto se sabe desde el principio de nuestra existencia en la tierra. Ya Hipócrates decía “que tu medicina sea tu alimento, y el alimento tu medicina”. Si esto lo llevamos a una unidad militar, vemos que se cumple a rajatabla. Una tropa mal alimentada no puede combatir adecuadamente, pues su rendimiento es siempre deficitario. Este alimento ha de ser el ideal en componentes y calorías, porque si escasea o sobrepasa el rango vital óptimo, el rendimiento militar se daña. Por tanto, es fundamental una alimentación correcta de nuestros Guardias y Soldados, porque solamente así podrán desarrollar su labor de una manera óptima. Lo dice muy bien Anthony Burgess, cuando indica que “una comida bien equilibrada es como un poema al desarrollo de la vida”, lo cual nos engrandece la belleza y utilidad del alimento. Por todo ello, y sin lugar a dudas, “nulla ethica sine aesthetica”, frase que sabiamente preside la entrada de la Fundación Albéniz, cerca del Palacio Real de Madrid, que ha sido atribuida a José María Valverde, un gran filósofo, poeta y profesor en varias universidades españolas y extranjeras, fallecido en 1996.

La otra gran pasión de Emilio es el mundo de los animales, nuestros grandes compañeros de la vida en este precioso planeta que habitamos. Muchos grandes hombres han abogado por ello. Además, a los animales les debemos una gran parte de los avances en patología, cirugía y en general en investigación biológica. Lo estamos comprobando en los ensayos previos de las diversas vacunas en marcha para protegernos frente al coronavirus. Una investigación de este tipo pasa por varias fases. En una primera fase, está el diseño molecular seleccionado. Seguidamente vienen las pruebas sobre cultivos celulares (riñón de mono, fibroblastos…). A continuación, está la prueba con animales de experimentación y finalmente, se ensaya el nuevo medicamento en voluntarios humanos sanos. Como vemos es una copia de la evolución de la vida a pequeña escala: molécula-célula-animal-humano. De alguna manera, los animales son nuestros ancestros. Si Charles Darwin estuviera leyendo esto, repetiría aquello de que “el amor por las criaturas vivientes es el atributo más noble del hombre”. Y pocos cuerpos aman a las criaturas vivientes más que nuestra Guardia Civil, con su defensa de las diversas especies salvajes terrestres y marítimas. Emilio y Charles Darwin piensan lo mismo. Pero es que Mahatma Gandhi no les queda a la zaga, cuando dice aquello de que “la grandeza de una nación y su progreso moral puede ser juzgada por la forma en que sus animales son tratados”.

Cuestión aparte es la utilización de los animales en nuestra alimentación, cosa hoy por hoy imprescindible si no queremos tener serios problemas de salud: el ganado, la pesca, etc., son imprescindibles para una correcta nutrición, además de la leche y los subproductos animales, como el queso, la mantequilla y otros muchos.

Y volvamos al principio. Tanto Almería como Córdoba y muchos otros lugares deben sentirse orgullosos de nuestro gran Emilio, al que todos debemos mucho; un hombre defensor de la vida en su aspecto más dinámico: la nutrición. Muchas gracias y un abrazo bien fuerte.